"Kita no Daikudo", un tema de batalla de un videojuego resuena en tu cabeza mientras arrastras la lengua sobre el asfalto. Las lágrimas recorren tu cara, mezcladas con sangre y polvo blanco. Sabe a infierno, a odio, rabia, a miedo. Piensas que quizá con una pizca de azufre la mezcla estaría mejor. ¿Quién te diría que acabarías así esta tarde cuando saliste de la oficina? Tirado desnudo en el suelo de un hangar abandonado, siendo sometido a vejaciones inhumanas, sabiendo con certeza que tu vida acaba así, aquí, y ojalá que dentro de poco.
Empiezas a no poder más con tu cuerpo, quieres que acabe ya: una inyección mortal, un tiro en la cabeza, lo que sea. Quieres suplicar, pedir misericordia. No sabes qué puedes haber hecho en toda tu vida que merezca esta tortura. Pero no puedes. La lengua ahora ocupa lo que queda de tu boca. Tienes la cara amoratada e hinchada, la garganta se contrae en arcadas que parecen querer sacar lo que te queda de vida por donde sea. A penas puedes respirar, aunque extrañamente todo te parece más real que el resto de tu existencia. Los colores ahora resuenan en tu cabeza, hueles los movimientos, saboreas el sonido.
Te pones de rodillas sobre esa superficie infecta, que ahora es parte de ti, está en tu boca, en tus heridas. Levantas la mirada hacia tus pesadillas. Ahí están, se mueven como sombras, se jactan de lo que te hacen. Disfrutan con tu sufrimiento. Te han visto dejar de hacer lo que te ordenaron, te preguntan cómo eres capaz de tal osadía. En un intento de suplicar la muerte balbuceas, pareces un bebé que no quiere comer más y en lugar de tragar echa la papilla, sólo que tu papilla eres tú. Sangre y jirones de carne de tu propia cosecha se deslizan por tu labio inferior partido, salen despedidos hacia tus captores. Uno de ellos recibe la mezcla sobre su ropa. Se limpia, te mira con ojos de animal con rabia, se acerca a ti. Saca una pistola de la cartuchera. Preciosa, ves en su cañón tu salida: negra, tranquila, instantánea. Levantas los brazos y diriges la cara contra el arma. Sigues balbuceando, en tus ojos ya no hay color, la oscuridad lo tiñe todo. Y ahora ves la luz, junto con el sonido de un bang en tu sien.
Cuando despiertas tus heridas se han curado. No sabes cuánto tiempo llevas desmayado, pero debe haber sido mucho para volver a sentir tu cara entera. Estás vestido, en una habitación llena de luz por todos lados. Es como si hubieras pasado años en una cueva y ahora te arrastrasen a la superficie. El doloroso placer de saber que estás vivo. Tus ojos se adaptan a la claridad poco a poco, con esfuerzo. Ves que no estás solo. Hay formas moviéndose en el recinto. Estás seguro de no haberlas visto, pero te resultan familiares. Será cosa del shock. Te incorporas y preguntas a las sombras qué haces allí. Una de ellas se mueve sobre si misma, se sienta a tu lado y sutilmente te inyecta algo en el brazo. Con una sonrisa se levanta y vuelve con las demás. Estás demasiado embotado de sueño para reaccionar. De repente no puedes enfocar bien, el tiempo se ralentiza. Caes hacia atrás, al suelo. En cierto modo duele, pero de una manera nueva. ¿Qué coño te han inyectado?.
Cuatro de las sombras te cogen por las extremidades. Tu cerebro forcejea con ellas, pero el cuerpo no le hace caso. Laxo, te depositan sobre una silla de dentista. Alguien coge un casco gracioso. Empiezas a reír como has visto hacer a los locos en las pelis. Tú no estás loco, desde luego, sabes qué ocurre, aunque no puedes evitar reír así, el casco es tan divertido. Te lo acercan y te lo ponen, asegurando con presillas bajo tu cuello. Hace cosquillas. Ahora te ponen unas gafas oscuras y grandes, con las que no ves nada. Esto empieza a gustarte, pero cada vez tienes menos control de ti mismo, ya no puedes controlar tu cerebro. ¿Dónde estás? Suena un click y comienza una melodía. ¡Quieres bailar! Te levantas y te mueves al ritmo. Sí señor, ¡qué ritmo! Estás rodeado de gente. Y bailan contigo. No deberías haber desconfiado así. Son gente amable, al fin y al cabo. Te dejas llevar por la música. De repente comienza a ir más lento, la música se funde y hay sonidos de sintetizadores y guitarras distorsionadas. Todo el mundo para de bailar, arranca su ropa y se dirigen raudos hacia las paredes. Nadie hace un sonido, sólo hay música horrible, arrítmica, distorsionada. Y estás tú solo en el centro de la pista. Los demás permanecen desnudos, mirando a la pared.
Se abre una puerta, entra una gente vestida de negro. En sus caras hay rabia, frustración, años de infelicidad. Hay ira contra el mundo. Dan una vuelta a la habitación, revisando a los que estaban contra las paredes. Al acabar se dirigen hacia el centro, como si acabasen de reparar en ti. Uno de ellos te golpea con una porra en el estómago. Te doblas por la mitad, retorciéndote de dolor. Alguien te patea el culo y caes de cabeza al suelo. Entre unos pocos te arrancan las ropas. Comienzan a pegarte patadas, te arrastran contra el suelo. Estás sangrando, no sabes qué pasa. Ruegas que paren. Una bota se estrella contra tu nariz y tu boca. Dos dientes se rompen en ella y se te calvan en la lengua. Escupes al suelo un esputo sanguinolento. Vas a defenderte, le pegas un puñetazo en la cara a uno de ellos. Cuando te das cuenta tienes a dos agarrándote por los brazos, y el resto te pega cuanto puede. Te estás rompiendo por dentro.
Suplicas que paren, que sólo querías defenderte, que no has hecho nada. El más grande de ellos ordena a los demás que se detengan. Te mira con lástima. Dice que si quieres salir de allí tendrás que hacer una sola cosa más por ellos. Te coge por el cuello, baja tu cabeza contra el suelo áspero. Te dice que saques la lengua. Estás desesperado, harías lo que fuera. La sacas. Una fuerza inhumana impulsa tu cuerpo contra el asfalto. Te arrastran.
Ahora reconoces los ruidos que escuchas: "Kita no Daikudo", el tema de ése juego que tanto te gustó de joven.
2 comentarios:
Uou...
Eres sencillamente la persona más crativa, profunda, maravillosa y original que he conicido nunca.
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