Me resulta llamativa la obsesión que llegamos a tener algunas personas por perdernos en cuentos, en poemas, en diálogos, en películas, en mentiras. Entrar en otro mundo, deshacernos en esta realidad punzante, real, y pasar por ósmosis a otra que puede tener poco de diferente. Es simplemente otra, que se ve lejana, distorsionada y adaptada por nuestra mente (consciente y subconsciente). Nos proyectamos dentro del cuento, metemos nuestros rasgos en los personajes (yo soy de los que llega hasta a escribir en los márgenes, modificando para mi la historia, haciéndola mía, o haciéndome suyo). En definitiva, nos creemos (nos creamos) en una vida ajena por la pasividad y monotonía de la nuestra, porque esa realidad impresa la tenemos ahí entre las manos, condensada en un montoncito de símbolos aleatorios que nos hemos grabado a fuego, porque tiene un principio y un fin tangibles pero nunca definitivos... Muchas razones se me ocurren, pero no es eso lo que quiero tratar. El caso es que nos materializamos dentro de la creación de otra persona, adaptándola pasiva y activamente.
Y ahora vengo yo a darme cuenta de que la vida no es más que el mismo cuento. Con infinitos autores, pero un cuento al fin y al cabo. Cada uno escribe el suyo con las ganas que tiene, con sus posibilidades. Pero sobre todo nuestros cuentos son escritos por los otros y por ese gran decisor, decididor, mandamás, el Azar. No me imagino aquí escribiendo esto si ayer no hubiera dicho ciertas cosas a cierta persona y si ella no me hubiera dicho otras, lo mismo que hoy, lo mismo que hace años. Es probable que si en un segundo determinado mi ánimo fuera distinto al que tuve, mi vida ahora fuera otra.
Como ejemplo práctico: un día vas tarde a alguna cita en la que la puntualidad es importante, no llegas a tiempo y te quedas fuera. Por una casualidad total, de que a alguien alguna vez se le ocurrió poner un banco justo por ahí cerca, y tú estás cansado de correr, te sientas. Al rato pasa alguien que se sienta a tu lado. Te mira extrañado/a y se sorprende de que lleves una camiseta de algún grupo musical que conociste hace tiempo porque casualmente un amigo te lo recomendó. Comenzáis a charlar del grupo y con el tiempo os hacéis amigos. Finalmente, tras unos años, formáis un negocio juntos y os forráis. Todas esas cosas no habrían pasado si una serie perfecta de aleatoriedades no hubieran ocurrido en perfecta sincronía.
Todo esto me hace ver que no hay nada más absurdo que la vida, o al menos intentar llevar una vida hacia ciertos objetivos no demasiado concretos, como ser feliz. Cuando hacemos algo estamos dejando de lado a infinitas posibilidades alternativas, que quizás se acerquen de una manera totalmente remota pero más directa hacia ese objetivo. ¿Dónde está, entonces, el camino a seguir? ¿Sirven realmente esas rutas si nos las propusiéramos? El azar, el azar. No somos dueños de nosotros mismos. ¿Para qué vivir, pues?
Y la verdad es que entre tantas dudas (ya ves, dudo hasta de mi mismo), no sé si creerme lo que pienso/escribo. Es tan insuficiente. No llega, no es capaz de representar el barullo de líneas argumentales que se pelean en mi cabeza y me dejan paralizado ante la realidad que corre frente a mi. Me gusta escribir, quizá porque es la única ocasión en la que soy capaz de imponer un orden. Que ni eso. Ni este es mi orden, ni el que quiero darle. Palabras para nada, desperdicio de tiempo, de conocimiento (que no tengo, no tengo ni pizca, y no sé cómo), de futuro, de pasado. Desperdicio de todo, y para nada. Soy la ligera idea que tiene tu mente de las ligeras ideas que se rompen y destrozan mi mente. ¿Estás ahí? Si cualquier loquero leyera estas cosas me pondría ración doble de Prozac. La estupidez de la vida me produce depresión, y mi estupidez me deprime dentro de ella.
Aquí estoy, contándole mis penas a una página perdida en ese gran cubo de estiércol que es internet. Absurdo, ¿o no? Ensayista de psiquiátrico, che.